Introducción

Una actividad de apoyo en la cadena de valor es la infraestructura de la empresa. En el caso de los laboratorios, existen 2 departamentos claves que componen dicha estructura: dirección técnica (DT) e investigación y desarrollo farmacéutico) (I+D).

Tan importantes son ambas actividades que quizás debiéramos considerarlas como primarias. En este artículo, desarrollaremos brevemente las funciones de la I+D, por lo general desconocidas por muchos (incluso por aquellos que integran la comunidad farmacéutica).

       Los objetivos

La aportación de nuevos medicamentos es el principal objetivo social de la industria farmacéutica y una realidad permanente que se remite a siglos anteriores, cuando los farmacéuticos de antaño incorporaban sus conocimientos y criterios de innovación a la preparación de fórmulas magistrales en sus comercios, contribuyendo con ello a los avances de la terapéutica y la galénica.

Prevenir enfermedades, restablecer la salud y mejorar la calidad de vida de los enfermos son objetivos calves, y la investigación es una prioridad estratégica y un verdadero compromiso con los pacientes, los profesionales sanitarios y, en definitiva, las administraciones públicas. Quizás suene a frases hechas y trilladas, pero no lo son. Las vacunas contra el Covid han revalorado, como nunca antes, la importancia de la I+D en particular, y la preponderancia de la industria en general.

El objetivo de la investigación y desarrollo es la transformación de los avances tecnológicos y del conocimiento científico en medicamentos beneficiosos y seguros para la salud, incorporando estrategias innovadoras tanto a nivel molecular como galénico.

Cabe aclarar que este es un proceso muy dinámico y de alto nivel tecnológico en el que interviene un importante equipo de profesionales con formación multidisciplinar, expertos en farmacología, química, galénica, clínica, etc. Es largo y complicado, lo que implica un elevado riesgo y un alto coste, ya que no es suficiente descubrir un compuesto prometedor, sino que además es necesario finalizar el proceso con éxito, intentando minimizar el tiempo y los costes asociados para su logro. ¿Hay mayor desafío que éste?

Es, asimismo, un proceso muy intervenido y sujeto a exhaustivos y frecuentes mecanismos de control de calidad, tanto internos, de la propia industria, como externos, de las agencias reguladoras y las autoridades sanitarias.

       Investigación básica

Esta etapa se realiza con el soporte de la química computacional, la síntesis de miles de moléculas patentables para ser estudiadas en complejos ensayos de cribado farmacológico de alto rendimiento, con el objeto de seleccionar las más interesantes en cuanto a potencia y selectividad para una diana terapéutica específica.

Una vez escogida la molécula, se inicia lo que se conoce como fase de investigación preclínica. Esta etapa suele durar entre 2 y 3 años. Si trascurrido este tiempo no se ha identificado ningún compuesto de interés, se considera que el proyecto pierde su valor científico y debe sustituirse por otro (estos “dilatados” tiempos demuestran la hazaña que significaron las vacunas contra el Covid, las cuales redujeron dichos períodos a menos de 1 año).

       Investigación preclínica

Tiene como objetivo confirmar el mecanismo de acción y determinar la actividad farmacológica del compuesto seleccionado mediante estudios in vitro e in vivo, así como su perfil farmacocinético, metabólico y de seguridad.

Los resultados obtenidos en esta fase son fundamentales para decidir la continuidad o no de la investigación con la molécula. Si los resultados son favorables, se inicia la etapa de desarrollo galénico y clínico.

Los trabajos de investigación preclínica para definir el perfil farmacológico a nivel experimental suelen durar unos 12 –15 meses, y es en esta etapa donde las moléculas (50% – 70%) no pasan a la etapa de desarrollo, principalmente por problemas de tipo cinético o de seguridad.

       Desarrollo galénico y clínico

En esta etapa, y de acuerdo con las características físico-químicas de la molécula y su perfil farmacocinético, se define la forma farmacéutica más idónea para ser administrada en humanos. Es en este proceso cuando se estudian distintas alternativas galénicas (comprimidos, cápsulas, granulados, jarabe, etc.) en base a su estabilidad y características organolépticas (como sabor u olor).

A continuación, se inicia el proceso de fabricación de las muestras necesarias para los correspondientes ensayos clínicos en humanos. Este proceso consta de 4 fases, siendo la primera de ellas la que se realiza en voluntarios sanos (entre 15 y 30). En ellos, se administra la molécula en estudio a humanos por primera vez con el objeto de conocer la tolerabilidad de la misma (analíticas, control de presión arterial, ECG, etc.).

Los ensayos de fase II y III ya se realizan en pacientes (entre 2.000 y 5.000) en distintos centros hospitalarios y cumpliendo los requisitos exigidos en la aplicación de las Buenas Prácticas Clínicas (BPC). Allí se estudia la eficacia clínica del fármaco, seleccionando la dosis más idónea y la pauta de administración correcta. Los resultados de los ensayos se comparan con los obtenidos tras administración de placebo o del compuesto de referencia utilizado.

La última fase es aquella que se realiza post-comercialización y, en muchas ocasiones, son solicitadas por el departamento de marketing con el objeto de tener nuevos argumentos comerciales.

Cabe señalar que la duración de cada una de las fases depende del tipo de indicación terapéutica estudiada, dado que no es lo mismo un ensayo clínico en urticaria que otro en asma crónico. De todas maneras, son necesarios entre 3 y 5 años con un coste que representa más del 50% del total del desarrollo de una nueva molécula.

Finalizado todo este largo y engorroso proceso, se elabora el dossier de registro para su presentación a las autoridades sanitarias nacionales e internacionales (actividad que realiza la Dirección Técnica).

       La innovación en el descubrimiento de nuevos fármacos

La innovación farmacéutica es el resultado conjunto de investigadores, médicos y científicos en general, que combinan adecuadamente la sabiduría, la experiencia e incluso la intuición. En otras palabras, expresan la genialidad humana en el sentido más amplio de la palabra.

Por supuesto que tamaño desafío requiere de los recursos económicos que la industria de la salud provee y, en muchos casos, asumiendo un riesgo gigantesco.

Existe una fuerte corriente de opinión que considera que los futuros avances terapéuticos se desarrollarán esencialmente sobre la base de un mejor conocimiento y comprensión de los procesos patológicos a escala molecular. Este nuevo concepto está creando un campo interdisciplinar en el que confluyen conocimientos de genética, inmunología, virología, neurobiología, terapia genética, etc., que constituyen el soporte ideal para establecer las bases sobre las que previsiblemente se apoyará el descubrimiento de nuevos medicamentos en el primer cuarto del siglo XXI (ir más allá en el tiempo es muy difícil).

       La I+D en cifras

El proceso de I+D suele durar entre 10 y 12 años. Desde luego, este período puede variar sensiblemente según la molécula que se trate. La recompensa para que lleguen al mercado nuevos fármacos eficaces, seguros y de calidad es una patente de 20 años.

El coste de colocar un nuevo fármaco en el mercado puede oscilar entre los 800 y 1000 millones de euros, de los cuales más del 75% se puede considerar atribuirle a iniciativas fallidas durante las distintas fases, fundamentalmente por problemas de seguridad, estabilidad o eficacia. Sólo una molécula de 20.000 identificadas como cabezas de serie y, por tanto, candidatas a desarrollarse como fármacos, llegará a comercializarse.

Cabe recordar que en los años 60 el proceso descrito más arriba duraba solamente unos 8 años y tenía un coste total aproximado de 40 millones de euros.

El aumento de la complejidad actual de la I+ D y de su coste se debe a que los organismos reguladores son cada vez más exigentes a la hora de conceder la autorización de comercialización de los medicamentos, solicitando bases de datos mayores para verificar la seguridad y documentar los efectos secundarios. Este hecho se ha traducido en un aumento del número promedio de  pacientes involucrados en los ensayos clínicos, en una prolongación de los tiempos de desarrollo del fármaco, así como en un mayor número de fracasos en las últimas etapas de investigación.

De todo lo expuesto se concluye que la complejidad de la I+D y el elevado nivel de exigencia reguladora requieren un gran esfuerzo, tanto económico como tecnológico.  A pesar de ello, bastantes compañías farmacéuticas le destinan una parte importante de sus beneficios al considerar que esta labor es una parte importante de su compromiso y responsabilidad social hacia los pacientes y la sociedad en general, sin olvidar el legítimo derecho que tienen a obtener un beneficio económico en su comercialización, ya sea mediante venta directa o a través de licenciatarios.

       El desarrollo farmacéutico en nuestro país

Es evidente que lo expuesto hasta aquí se aplica básicamente a las organizaciones mundiales, especialmente las norteamericanas y europeas. Entonces, ¿en qué consiste la I+D en nuestro país?

Argentina es un país inestable y rezagado del resto del mundo. Sin posibilidades de desarrollos tecnológicos e industrias innovadoras, estamos fuera del mapa mundial. La industria farmacéutica local, por más esfuerzo que haga, está atrapada en esta dinámica. Lanzar una molécula innovadora es hoy imposible, incluso para Roemmers, Bagó o para el conglomerado de Hugo Sigman. Debemos limitarnos a imitar medicamentos originales, tarea para nada sencilla.

Los sectores de desarrollo de los laboratorios locales tienen un gran desafío por delante al “copiar” a la perfección al fármaco original. En definitiva, se trata de la salud de la población y cada producto que esté en las farmacias debe ser impecable (desde un ibuprofeno hasta un levetiracetam).

Este desafío es aún mayor cuando el productor original lanza un medicamento en una presentación farmacéutica singular o poco común. Es decir, un comprimido o un jarabe son sencillos de desarrollar (cambia la molécula, pero no el proceso de desarrollo y elaboración). Pero cuando se trata de lapiceras prellenadas de insulina o parches hormonales, otra es la historia.

Gregorio Zidar (hijo)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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