La farmacia, protagonista del siglo XXI

      Marco teórico

Una farmacia es un establecimiento en el cual se venden diferentes tipos de productos relacionados con la salud, especialmente medicamentos. Hasta aquí nada nuevo. Pero quisiera volcar una mirada muy personal: las farmacias constituyen uno de esos tipos de negocios con los que debe contar un barrio. De hecho, en las comunas más pequeñas y humildes la farmacia suele ser un símbolo de orgullo, como el almacén, y es, por qué no, un punto de encuentro social.

 La historia de las farmacias es casi ancestral. Al recorrer Europa, un turista se puede encontrar con boticas de muchos años de antigüedad. Algunas son una verdadera reliquia.

 

Grabado alemán de una farmacia. Año 1568

 

      Actualidad

Tal como sucede con otros negocios, la farmacia moderna permite a los usuarios recorrer diferentes góndolas en las cuales se exponen los productos de venta libre (aquellos cuya condición es RX están detrás del mostrador y son provistos por especialistas que deben verificar la receta).

La farmacia que mayormente se emparenta con un negocio común y corriente la encontramos en Estados Unidos. Allí las grandes cadenas, como Wallgreens o CVS, no parecen farmacias por la cantidad de artículos ajenos a la medicina que se pueden adquirir (caramelos, gaseosas, revistas, indumentaria, bijouterie, etc.). En la Argentina el caso más similar es Farmacity, instalando parcialmente este concepto de “drugstore” (claramente inspirado en el modelo norteamericano).

Pero volvamos a la verdadera función de las farmacias. Además de los medicamentos clásicos, estos puntos de venta dispensan productos de cosmética, implementos relacionados con la kinesiología, elementos de higiene (por ejemplo cepillo de dientes o el ahora tan común alcohol en gel), y muchísimos artículos más.

Finalmente, una farmacia también puede ser utilizada como un centro de atención para primeros auxilios, contando en tal caso con el equipo para tomar presión, aplicar inyecciones, etc. Esto prueba que las farmacias siempre necesitan de empleados capacitados para atender las necesidades sanitarias de las personas que allí concurren.

Por todas estas razones, estos puntos de ventas son establecimientos que deben contar con mayores regulaciones sanitarias y legales que cualquier otro tipo de negocio.

      La reivindicación de la figura del farmacéutico

El farmacéutico que trabaja en una oficina de farmacia (puede hacerlo también en la industria de la salud, hospitales, laboratorios de control de calidad, gestión sanitaria, educación, etc.) es el profesional del equipo de salud experto en fármacos, abocado a la promoción de la salud y al uso racional de los medicamentos, así como también a la prevención de las enfermedades.

Muchos hablamos del ginecólogo, del cirujano o del neurólogo, pero casi nadie habla del farmacéutico. Es de esas profesiones híper capacitadas y no debidamente reconocidas. Su formación le permite ejercer la profesión en el área sanitaria, incluyendo la producción, conservación y dispensación de medicamentos, colaborando en los procesos analíticos, farmacoterapéuticos y en la vigilancia de la salud pública.

Y por si esto fuera poco, es una tarea de 24 horas. Para asegurar la asistencia de los pacientes en general, las farmacias suelen formar parte de un sistema de turnos que está pensado para que siempre haya algún punto de venta abierto por la zona a la cual los individuos puedan recurrir. ¡Última opinión personal!: los farmacéuticos son héroes (y silenciosos).

La realidad argentina: de la crisis a la esperanza

       Los farmacéuticos sin farmacias, toda una paradoja

En nuestro país, los farmacéuticos, algunos después de mucho esfuerzo y otros con ayuda, accedieron a instalar o comprar su oficina de farmacia, en el lugar que pudieron y donde se encuentran reglamentadas según las leyes de su jurisdicción, ya que el nuestro es un país federal. En muchas provincias la ley contempla distancia entre farmacias y densidad poblacional, para que no haya superposición de las mismas, cumplan con su rol sanitario y puedan ser rentables. Antes de la ley 17.132, la propiedad de la farmacia era exclusivamente del farmacéutico, porque ese era el espíritu de la ley, que el farmacéutico sea el dueño y el responsable único de todos los actos realizados; pero hoy ya son mayoría las sociedades en comandita que aceptan a los inversionistas (caso Farmacity).

No pueden existir farmacias sin farmacéuticos (como los “almacenes” en Chile); pero cada vez hay más farmacéuticos sin farmacia propia por diversas razones. Todos los farmacéuticos deberían tener la posibilidad de tener su propio establecimiento porque es un derecho que se ganaron al haberse recibido, con el esfuerzo que le tocó a cada uno de acuerdo a su capacidad intelectual. Además, es una forma de mejorar sus ingresos ya que el salario promedio que perciben es bajo en función a sus destrezas y responsabilidades. Los farmacéuticos sin farmacia creen que con su experiencia ya están en situación de afrontar el desafío de ejercer “libremente” la profesión.

      El pasado reciente: un estado crítico

En las últimas dos décadas se han suscitado tres factores que han agravado aún más la históricamente exigua rentabilidad de las farmacias.

En primer lugar, desde el 2001 en adelante, la farmacia tuvo que resignar parte del dinero que la seguridad social debe reembolsarle por la venta de un medicamento (las obras sociales atravesaron una grave crisis producto de la debacle del país que amenazó con dejar sin cobertura a la población).

En segundo término, y en ese mismo período, el atraso en los precios de los medicamentos menguó el crecimiento real de la facturación de las farmacias, en contraste con un fuerte incremento en su estructura de costos fijos producto del contexto inflacionario.

Finalmente, y como se desarrollará a continuación, las farmacias han debido asumir costos financieros producto de los convenios con el sistema de la seguridad social y la industria.

El síndrome de la caja seca

El sistema actual es dañino para la salud financiera y económica de cualquier farmacia. Como ya se mencionó, desde hace muchos años la farmacia resigna parte del dinero que la seguridad social debe reembolsarle por la venta de un medicamento. Por ejemplo, si un producto es vendido a un PVP de $100 con una cobertura del 40%, en teoría el agente del seguro de la salud debiera reintegrarle a la farmacia $40. Pues bien, la farmacia resigna en promedio un 10% del PVP ($10). A su vez, otra parte de los $40 es aportada por los laboratorios a través de notas de créditos (en promedio 20% del PVP, o sea $20). Es aquí donde el negocio comienza a tener problemas de financiamiento. Ese medicamento que la farmacia vendió a $100 le costó $80 cuando se lo compró a la droguería, la cual le da sólo 10 días de plazo. Pero como se dijo con anterioridad, la farmacia recibe en efectivo sólo $60 (copago del consumidor), $20 en notas de crédito (a plazo) y $10 de la obra social (también a plazo), resignando el resto.

Este descalabro financiero se agrava cuando el consumidor realiza su copago con tarjeta de crédito, recibiendo la farmacia ese importe a plazo y con una quita. En este caso, la farmacia queda literalmente “seca” de caja. Esta falta de liquidez es insostenible en el tiempo.

Ahora bien, no todos los medicamentos tienen la cobertura del 40%. Ese monto puede ascender, según la droga que se trate, a 50, 70 e incluso al 100%. En este último caso, el farmacéutico que vendió un producto a $100 de PVP, recibe cero pesos cuando concreta la venta. Independientemente de lo que resigne la farmacia y el aporte del laboratorio vía nota de crédito, el resto se lo pagará a la farmacia la obra social a plazo. En estos casos, la crisis financiera se pronuncia porque el farmacéutico se queda sin el copago que realiza el paciente.

      Presente y futuro: protagonismo y esperanza

Es indudable que el sector farmacéutico local posee una versatilidad y dinámica que exigen permanentemente nuevas estrategias. El entorno es inestable y los agentes del planeta farma deben aprender a jugar nuevos roles.

Hoy la realidad se ha invertido. Hace ya una década que la emergencia de los agentes de seguro de la salud ha sido parcialmente superada. Y empleo deliberadamente el término “parcialmente” porque, como todo en Argentina, hay épocas de crisis recurrentes. Pero claramente el sector no se encuentra sumergido en la catástrofe del 2001.

Pero hay un hecho mucho más profundo y significativo que ha empoderado al farmacéutico. Casi un cambio de paradigma, una transformación cultural: la ley de genéricos, aunada a un cambio estratégico del sector farmacéutico industrial hacia políticas comerciales más audaces y agresivas. En otras palabras, los laboratorios comenzaron a ver a las farmacias ya no como simples bocas de expendios, sino como clientes e incluso como “aliados estratégicos”.

Corolario: de la escuela ambiental a la escuela de aprendizaje

Henry Mintzberg ilustra 10 escuelas de pensamiento en su magnífica obra “Safari a la estrategia”. Sucintamente, diremos que el libro analiza exhaustivamente como fue mutando la estrategia empresarial. Pues bien, las farmacias en nuestro país son un ejemplo inmejorable.

La escuela ambiental plantea a la estrategia como un proceso reactivo, esto es, el entorno es el actor principal en el proceso de creación de la estrategia. En consecuencia, la organización responde a estas fuerzas y el liderazgo es un elemento pasivo cuya misión es leer el entorno. Así funcionaban antes las farmacias: eran un ente “pasivo” que dispensaba el medicamento recetado por el galeno. Entiéndase bien, no es un adjetivo peyorativo, solo intento marcar el rol anterior.

Precisamente, ese rol era limitado y marcaba márgenes idénticos para cada farmacia, sin importar si la misma fuera grande o chica, o estuviera en Jujuy, Buenos Aires o Ushuaia.

Hace varios lustros que esta realidad cambió. Hoy la farmacia es un actor central en la comercialización. La escuela de aprendizaje plantea a la estrategia como un proceso emergente. La formación estratégica es un proceso de aprendizaje en el tiempo, que surge de patrones de acciones pasadas y planes para el futuro, redundando en una nueva perspectiva. Las farmacias se reconfiguraron y aprendieron un nuevo negocio, para poder subsistir y crecer.

En definitiva,  la farmacia pasó de la escuela ambiental a la escuela de aprendizaje en muy poco tiempo. El negocio cambió radicalmente e incluso el planeamiento estratégico mutó 360 grados: el farmacéutico tradicional se transformó en un estratega de administración de empresas, con voracidad por la rentabilidad.

Como siempre me dijo Eduardo Tchouhadjian, el que estudió para recibirse de farmacéutico se preparó para conocer sobre el diseño, producción, conservación y control de calidad de los medicamentos, pero nunca estudió capacidades como administración, negociación, marketing y ventas. De repente, tuvo que hacer un curso acelerado para entender las habilidades de la mercadotecnia, y así sobrevivir, y eventualmente prosperar.

Gregorio Zidar (hijo)

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