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GSK, el conglomerado construido después de una larga historia

En recientes artículos hablamos de muchas empresas de vasta trayectoria. En los albores del siglo XXI se produciría una de las fusiones ms impactantes de la historia farmacéutica: Glaxo Wellcome y SmithKline Beecham unieron sus destinos, dando origen a GlaxoSmithKline. Tal fue la relevancia de este hecho que el entonces Primer Ministro de Inglaterra, Tony Blair, inauguró las oficinas de la casa matriz en Brentford.

La primer semilla de GSK fue plantada en 1715 por Silvanus Bevan al establecer en Londres la Plough Court Pharmacy, precursora de la compañía Allen & Hanburys Ltd. ¿Quien hubiera pensado que casi 300 años después de ese pequeño emprendimiento surgiría GSK, un ícono farmacéutico?

       Las señales del destino

Para aquellos que creen en los destinos, las coincidencias o  las casualidades, vale la pena resaltar dos hechos que son, por lo menos, curiosos.

En primer lugar, Burroughs Wellcome fue fundada en Inglaterra por farmacéuticos estadounidenses, casi al mismo tiempo que el inglés Joseph Nathan comenzaba con su emprendimiento en Nueva Zelanda (Glaxo). Un siglo después nacería Glaxo Wellcome.

En segundo término, Tagamed (SmithKline) y Zantac (Glaxo) fueron acérrimos rivales compitiendo en todo el mundo por ser la marca líder en el segmento gastroenterológico. Casi 20 años después, Tagamed y Zantac pasaron de “enemigos a amigos”, al estar bajo el paraguas de una misma organización.

       La injusticia cometida con Beecham

El nombre elegido para el nuevo conglomerado, GlaxoSmithKline, cometió, a mi criterio, una enorme injusticia: no incluir la palabra Beecham.

Tan cierto es que la denominación de una compañía no puede ser eterna (¿se imaginan el nombre GlaxoWellcomeSmithKlineBeecham?), como que Beecham fue una empresa central en la conformación del conglomerado. La historia y la “mística” de esta última fue demasiado rica como para dejarla afuera. Pero insisto, es mi humilde opinión. Quizás GSK “sienta algo de culpa” por esta injustica porque aún usa la marca Beecham en el Reino Unido para sus productos de venta libre para aliviar el resfriado y la gripe.

Lo que importa en el fondo, como tantas veces hemos señalado, es una gran marca. Un nombre corto, fácil de pronunciar y atractivo desde el punto de vista fonético. Quizás, a la hora de decidir el nombre del conglomerado, se evaluó que las siglas GSK tenían la suficiente potencia para transmitir el nombre de la organización (así como JFK fueron las célebres siglas de un ex presidente de Estados Unidos).

       GSK hoy

Los números que muestra GSK en la actualidad son impresionantes. Una facturación anual de más de USD 40.000 millones o una nómina de más de 110.000 empleados, son solo algunas cifras que describen el tamaño de la organización. La compañía cotiza en las bolsas de valores de Londres y Nueva York y tiene presencia en gran parte del planeta.

El portfolio de productos de la empresa es muy interesante. Se destaca en varios segmentos, como psiquiatría (Paxil y Lamictal) y urología (Avodart y Duodart). Pero quizás sea más reconocida mundialmente por dos de sus líneas: la respiratoria (Seretide y Ventolin) y la de cuidado dental (Sensodyne, Parodontax y Corega).

Un párrafo aparte merece su unidad de negocios “ViiV Healthcare”. La misma fue creada en sociedad con  Pfizer en el 2009. GSK, con un vasto recorrido en este segmento y Pfizer, el laboratorio más grande del mundo, combinaron sus capacidades para crear una sociedad dedicada a producir avances en el tratamiento y cuidado de las comunidades afectadas por VIH.

Las líneas se fueron diversificando a través de adquisiciones. Dos de ellas fueron trascendentales: Stiefel en 2009 y el negocio de vacunas de Novartis en 2015 (que a su vez compró el negocio oncológico de GSK).

En la Argentina, GSK fue noticia al adquirir Laboratorios Phoenix en 2010, uno de sus principales rivales en la línea respiratoria. Pero el laboratorio nacional tuvo un fugaz paso en la organización británica ya que, en 2017, Elea compró Phoenix y la firma volvió a manos de capitales argentinos.

Gregorio Zidar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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